viernes, 15 de junio de 2012

7 - Del bailarín y el Cantar

            Querido Leo:

            Tengo noticias de un amigo común. ¿Recuerdas a Alejandro, el bailarín? Un tipo alto, regordete, es decorador pero en cuanto oye música se arranca a bailar y no hay quien le pare, de ahí el mote. Ayer me tropecé con su hijo en la cola del supermercado.

- Hola José Luis. Cuánto tiempo sin verte. ¿Qué tal está tu padre?
- Hola. Pues no está muy bien. Le ingresaron ayer en el hospital, no sé cuánto tiempo estará allí, mañana nos darán el parte médico.
- Pero… ¿qué le ha pasado?
- Un rayo de sol se le ha metido en los huevos. Tiene unos dolores terribles.

            Fui a visitarle. Me impactó ver a aquel hombre tan grande, en apariencia tan fuerte, tumbado en una cama, con ese camisón ridículo de los hospitales y con gesto de calvario. En tres días finalizaba el tratamiento, si no daba resultado tendría que pasar por quirófano. Una operación delicada, injerto de rayo de luna para combatir el rayo de sol.
            A pesar de los dolores, lo encontré bastante animado. Pasamos un buen rato recordando viejos tiempos. Alguna anécdota que repasamos casi se había esfumado de mi memoria. ¿Te conté alguna vez la historia de “El cantar de los nibelungos”?
            Hace años, Alejandro tenía una tienda de decoración en el centro de la ciudad. Iba a montar el escaparate y me pidió que le prestara unos cuantos libros. Escogí seis volúmenes de edición sencilla, así, si ocurría algún percance, la pérdida no sería importante. A las dos semanas me llamó. Durante ese tiempo nadie se había interesado por los sujetalibros tallados a mano, pero había recibido cinco propuestas de compra para “El cantar de los nibelungos”. Aunque la edición era pésima, el volumen pertenecía a una colección y estaba descatalogado, eso lo convertía en objeto de deseo para muchos. Alex me pidió permiso para venderlo, repartiríamos porcentajes. Le dije que no, ya sabes de mi apego a los libros. Insistió porque decía que le habían ofrecido mucha pasta, pero no di mi brazo a torcer. Precavida,  al día siguiente pasé por la tienda llevándome a Sigfrido y Krimilda, no me fiaba nada del espíritu comercial de Alejandro. Aún me recuerda el dinero que perdimos, pero siempre le digo que no hubo venta con lo cual, en todo caso, dejamos de ganar dinero pero nunca pudimos perderlo.

            He quedado en llamarle dentro de unos días para ver que tal va con su rayo de sol. Te mantendré informado. A ver si es posible cuando se recupere reunirnos los tres y tomar unas cervezas.

            Besos esquimales

3 comentarios:

  1. Me entraron ganas de cantarte "Oh, oh, oh.. a mi corazón, oh, oh, oh"... No sé de dónde sacas las ideas, pero cada semana consigues sorprenderme y arrancarme unas sonrisas. Bravo, Leire! Y Bravo Juan Luis, por las ilustraciones! Un buen cóctel para refrescar este viernes! :)

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    1. Las ideas son el mundo que nos rodea, sólo hay que saber escucharlo y verlo con ojos divertidos :)
      Un beso!!

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  2. La imagen ha impactado de lleno a mi ego masculino... Me he retorcido de dolor un rato en la cama. El rayo de sol en los huevos tiene que doler, sí y mucho...

    Aún así, me ha gustado mucho. Quizás porque me sentía a salvo bajo la luz de la luna.

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