viernes, 23 de noviembre de 2012

De entre los ojales de la ortiga


                      Querido Leo:

                Los fines de semana en el monte son reparadores. Una pequeña mochila con agua, bocadillos, un rollo de papel higiénico –nunca me acostumbré a limpiarme con una hoja como me enseñó mi abuela- y ropa seca, que para mojada ya tengo la puesta. Caminar, respirar, entablar conversaciones filosóficas con bichos, ver anochecer, despertar al alba.

                A pocos metros de la orilla del río hay una cabaña derruida donde suelo parar a comer, está cubierta de maleza y supongo que es morada de múltiples alimañas, aunque nunca se han dejado ver. Me senté sobre una de las piedras caídas por el tiempo y la inclemencia, desenvolví el bocata de salami y a punto de darle un gran mordisco algo llamó mi atención.

- ¡Chist! ¡Chist!
- ¿Quién me llama?
- ¡Chist! Aquí. A tu lado. Verde picante.

                Lo que me chistaba era una ortiga, bajita y con grandes hojas. Tenía pinta peligrosa, me eché atrás en un acto reflejo antes de preguntar.

- ¿Qué quieres?
- Tengo tres ojales nuevos, pero esas orugas modistas que asoman de entre ellos no se largan, dicen que les debo el trabajo. Los darán de sí y no sujetarán los botones. Échame una mano, estoy sin blanca y ese bocadillo se me hace demasiado grande para ti sola.
- ¿Pretendes que pague yo a las orugas con mi comida?
- Bah… Con unas miguillas se conformarán. A cambio te revelaré el secreto que oculta el remedio infalible para desaparecer el escozor si me tocas a mi o alguna de mis compañeras. ¿Qué me dices? Ir a la fiesta de esta tarde sin vestir sería terrible.

                El trato era justo. Lancé unas migas de pan y un poco de salami a un metro de donde estábamos e invité a las orugas a disfrutar del pago por la costura. Aceptaron, desocupando los tres ojales perfectos de la ortiga.

- Listo. Te toca a ti.
- Espera. Un último favor, me faltan los botones. Quiero ponerme los azules turquesa que cuelgan en aquella flor. Está tan lejos que no me oirá, pídeselos tú.

                Conocer el remedio anti-ortigas bien merecía un esfuerzo más. Me acerqué a la flor y le pedí los botones en nombre de aquella presumida. Fue difícil convencerla, las plantas son remolonas, les cuesta moverse del sitio, al final con un soborno en forma de pan solucioné el problema. Los botones lucían espléndidos en los ojales tan finamente cosidos.

- Estás preciosa. Ahora cuéntame.
- Acércate, no quiero que nadie más que tú lo oiga.

                Puse mi oreja junto a la ortiga. Comenzó a susurrar, pero tanto se acercó que el escozor no me dejó escuchar nada. Estoy segura que lo hizo a propósito. Jamás me fiaré de una ortiga, haz tú lo mismo.

                Marché de allí enfadada, con una comida mermada y el eco de una risa verde picante a las espaldas. Más adelante cogí unas hojas de menta, las estrujé y cubrí el sarpullido de la oreja con su jugo. Ya ves, el secreto me lo había contado mi abuela años atrás y yo sin darme cuenta.

                Besos esquimales

4 comentarios:

  1. Genial esta carta Leire, y el dibujo de Juanlu, como siempre precioso.

    Me ha encantado la figura de esa orgiguita verde y pícara.
    Qué bueno que el remedio ya estuviese en tu memoria.

    Saludos desde mi mar.

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    1. Gracias, Yashira! Cuántas veces tenemos los remedios en la memoria y no damos con ellos? Menos mal que esta vez apareció y lo compartió con Leo, los demás también nos podremos beneficiar.
      Un beso!

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  2. Por fin el médico me dio el alta y pude abrir el sobre de ortigas...

    El picazón es el que tengo yo ahora, de seguir leyendo y recibiendo correspondencia, ¿cómo lo subsano?
    "Esperando".

    ¡Me encanta!

    Con todo el amor de mi pluma.

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    1. No me puedo creer que recién leído el correo ya necesites más... hemos creado un monstruo!!! jejeje Es broma, es broma :) Seguiremos a la caza de cartas extraviadas y nos encanta que te encante.

      Besos, besos, besos!

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