lunes, 12 de noviembre de 2012

Del Papá Noel escapista


              Querido Leo:

                ¿Recuerdas que te hablé por encima de un Papá Noel castigado en el altillo del armario? Te contaré qué ocurrió.

                Las navidades pasadas abrí el baúl de los colores, de los brillos, del olor a infancia expectante. Entre los adornos hay un Papá Noel regordete y vaguetón. Siempre permanece sentado, así que le coloco sobre el mueble de la entrada, de ese modo vigila: una cosa es estar sentado y otra estar sentado a la bartola. Es un tanto rebelde, nunca conseguí hacerle poner el clásico traje rojo, lo lleva beige porque según él estiliza y ayuda a pasar desapercibido en las chimeneas además de aportar seriedad al cargo. El caso es que a los dos días desapareció.

                Revolví la casa entera en su busca, ni rastro. Pegué carteles por el barrio con su cara perezosa y un ‘Se Busca’ en letras grandes. Utilicé las redes sociales para llegar a cualquier rincón del mundo, ‘Desaparecido. Se gratificará’ rezaba el post que difundí. Nada. Sin noticias. Pasé la navidad preocupada, haciendo de los polvorones bolas difíciles de tragar en la garganta. Me quedé sin regalos, no hay suplentes de Papá Noel para estos casos.

                Pasados los Reyes Magos, consolada por mi trozo de carbón, procedí a recoger los adornos. Guardando el abeto estaba cuando oí un crujir en la puerta, me volví y apoyado en el quicio encontré mi Papá Noel. Famélico, sucio y pálido. Cuando lo tomé en brazos sorbió los mocos y metió su nariz entre mi pelo, estaba helado. Le interrogué, me enfadé, le mimé, le grité, le besé… No conseguí arrancarle una palabra, ni dónde había estado, ni el porqué de la fuga. ¡Estaba tan enojada y al tiempo tan feliz! Aquello no podía suceder de nuevo, decidí castigarlo. Nada de pasar el año acomodado entre espumillones y comiendo a manos llenas. Lo subí al altillo del armario tras una reprimenda y como escarmiento una dieta a base de té y chuscos de pan. Aceptó la pena sin rechistar.

                Ha estado tan formal y parece tan arrepentido que cuando llegó la muñeca Moria decidí presentarlos, así no se siente solo y las incomodidades se le hacen menos. Se acerca la fecha de adornar la casa, le haré ocupar su puesto de vigilante. Si se porta bien, y no se escapa, volverá pasadas las fiestas a su baúl confortable y a los ágapes diarios que mantengan esa panza tan tierna de Papá Noel.

                Besos esquimales

4 comentarios:

  1. ¿Sabes? Una de las cosas más gratificantes del mundo mundial para mí es recibir misivas de amigas/os...
    Me encanta abrir el sobre y que un primer olor me recuerde a la persona que escribió de su puño y letra semejante carta.
    Más tarde disfruto de su caligrafía, mezclada con el olor que aún sigue emanando, pero que poco a poco me voy acostumbrando...
    Me encanta acariciar sus letras e incluso buscar sus huellas dactilares al trasluz.

    Pues algo semejante me pasa con tus cartas, querida. Las disfruto, en la medida que el ordenador me lo permite.

    ¡Enhorabuena, de nuevo!

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    1. Qué bonito eso que me dices! Comparto ese placer por las cartas manuscritas. Mil gracias, Alberto.
      Besos!

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  2. ¡Pobre Papá Noel! También tiene derecho a hacer alguna travesura, por un año que no cumplió con su deber... Yo le hubiera perdonado.
    Besos a la pareja de artistas

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    1. Ay Puri! Tienes razón, pobre Papá Noel!
      Un beso!!

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