viernes, 18 de enero de 2013

De lagartijas sin rabo y botijos huecos I


           Querido Leo:

            ¿A quién no le gusta un misterio? ¿Quién es capaz de resistirse al reto de hacer trizas un enigma desvelando su verdad? Tropecé con uno el otro día, mientras paseaba por el sendero que lleva hasta el pueblo vecino.

            Hay unos trescientos metros en que el camino está acompañado por un muro de piedra, de esos en que no hay cementos si no la maña de unas manos a la antigua usanza. Me gusta ese tramo porque en los días de sol las culebras acuden allí y escriben, con sus cuerpos sinuosos, mensajes coloridos sobre el gris. También se dejan ver las lagartijas, inmóviles al calor, inquietas al sobresalto de un ruido que las dirige hábiles a esconderse entre las rendijas de las piedras. Llamó mi atención que todas las que me cruzaba carecían de rabo, una o dos no hubiera sido extraño, pero tantas…

- Buenos días, lagartija. ¿Qué pasa aquí que ninguna tenéis rabo?

- Un misterio, bicho de dos patas. Hasta ahora cuando perdíamos la cola acudíamos a los botijos proveedores, los hay por toda la zona, era tan sencillo como sacar un nuevo rabo de su interior y enroscarlo al cuerpo. Hace semanas que los botijos están huecos y nosotras mutiladas sin posibilidad de arreglo.

            Mi curiosidad dio un respingo. Este caso no encajaba con un detective de gabardina y ojos ocultos tras un periódico, sin embargo era perfecto para el papel de anciana inofensiva metomentodo, de haber tenido a mano los objetos adecuados me hubiese caracterizado de Miss Marple.

            Lo primero fue inspeccionar los botijos. Nunca hasta entonces me había percatado de ellos, ni sabía de su existencia por historias. Pregunté quién los llenaba de rabos, pero eso era otro misterio y yo, sencilla aprendiz de detective, tenía suficiente con uno. Ocultos entre la maleza, no encontré en ellos más pistas que unas muescas leves en su boca.

            El siguiente paso: interrogar a la comunidad de lagartijas. La gran mayoría no vio nada sospechoso, sin embargo algunas recordaban un sonido alejándose de los botijos. “Como de abanico”, describían.

            Sin ser un lince, pero con más perspicacia que un puñado de reptiles, la relación entre muescas y “abanico” señalaba con claridad que el culpable era un ave. Ese hallazgo me impulsó a preparar una trampa. Metí en uno de los botijos una lombriz rechoncha y jugosa, el cebo perfecto para un pájaro y me aposté tras un árbol con el pañuelo del cuello preparado para saltar en el momento justo sobre el ladrón.

            A punto estaba de abandonar cuando una urraca se acercó rápido y con ademán precavido a la zona vigilada. En cuanto metió el pico en el botijo salté sobre ella y la apresé con el pañuelo.

- ¡JA! ¡Te tengo, urraca roba rabos!- grité con satisfacción.

            Curiosas, las lagartijas que andaban cerca vinieron a ver lo que ocurría. La urraca intentó zafarse voceando que ella no había robado nada pero tras un interrogatorio breve, que no te detallaré por formar parte de mis técnicas secretas de persuasión, nos contó la verdad y nada más que la verdad.

            ¡Ay, Leo! Llaman a la puerta, debe ser el fontanero. Mi grifo lleva días goteando y recitando a Bécquer sin descanso. Termino de contarte la historia en otro rato, un mal de amores de este calibre no puede esperar a repararse.

            Besos esquimales

2 comentarios:

  1. Siempre he querido guardar en algún frasco los rabos de lagartija que me iba encontrando en mi patio trasero, pero mi madre nunca me dejaba...

    Quizás con esos rabos le hubiera hecho un buen colgante para el día de la madre.

    ¡Fantástico, como siempre!

    ResponderEliminar
  2. Mira que si quien guardaba los rabos en botijos era un niño pensando en el día de la madre...

    Gracias, Alberto! Mil besos!

    ResponderEliminar