miércoles, 27 de febrero de 2013

De la libertad para soñar


          Querido Leo:

            Llevo días sin escribirte, estuve ocupada creciendo unos cuantos años en unos pocos días. Nunca subas a un columpio con la mente en las facturas, alzas los pies, te balanceas, tocas con la punta de los pies el cielo y ¡ZAS! el vértigo no soporta la madurez de los números y te conviertes en un infante de siete años.

            Salí del parque corriendo, sorprendida del baile loco de mis dos coletas.

- No corras, niña. ¡Qué te vas a caer!- me regañó una señora protegida del sol con un paraguas escarlata.

            Obedecí porque la carrera continuaba su cosquilleo por mis piernas y así, escondida entre los músculos, la mujer quedaría tranquila y yo podría darme el trompazo de igual manera imaginándolo.
            Regresar a la niñez me dejó colocado en la mano derecha un polo con sabor a menta -veinticinco pesetas costaba donde ‘la Gorda’ en el tiempo en que existían-. Lo rechupeteé sin orden, queriendo para mi estómago un gélido planeta Marte, que dicen es de color rojo pero siendo los marcianos como son verdes así habrá de ser la pelotucha suspendida en el universo. Digo yo.

-¡Niña! Te vas a poner perdida y mala de la garganta. ¡Deja eso!- exclamó con el ceño fruncido y un gesto amenazador de bastón el anciano que pasaba por mi lado.

            Lo miré a los ojos con mis ojos grandes llenos de culpabilidad y de dos mordiscos me zampé el polo y Marte. Asunto resuelto.
            Caminé mirando el cielo, el suelo, los árboles, todo tan crecido, tan apabullante. Encontré varios niños sentados en las mesas de picnic del sendero. Dibujaban con las narices metidas en el papel, pedí unirme al artisteo y en cuestión de segundos mis manos coloreaban el paisaje sobre un folio.

- Cariño, la hierba no es azul, ni el sol violeta… ¡Mira Abelardo! ¡Si ha coloreado la piel de los niños de pistacho! Toma otra hoja, bonita, a ver si ahora lo haces bien.

            La voz de la  mujer sonaba dulce, en mi boca supo amarga. Otro mundo que desaparecía hoy, hecho éste una bola de papel y muerto con una canasta de tres puntos en la papelera. En casa, metida bajo las sábanas pensé en el dibujo y en qué podía estar mal en él, eché de menos mi pijama rosa de terciopelo, el de princesa con una paloma blanca en el pecho, dormir arropada por su tacto respondía preguntas, disipaba dudas y fabricaba buenos sueños. Cayeron mis párpados con el malestar de los colores y eso hizo inevitable el despertar a medianoche con las pesadillas agarradas a la pata de la cama. Temblando fui hasta la habitación contigua, me acurruqué entre la muñeca ciega y la gata.

- ¿Puedo dormir aquí? Tengo miedo.

            Con el día que llevaba de reproches imaginé que me ordenarían volver a mi sitio, sin embargo me arroparon y estrujaron como si de dos rebanadas de pan se tratasen. Éramos un bocadillo caliente y donde no hay hambre no hay miedo. Dormí y soñé. Desperté y seguí soñando lo que quise. Y soñando libre crecí de nuevo y te escribo. Cuéntame si sueñas.

            Besos esquimales

2 comentarios:

  1. Me encantó, e incluso me he imaginado subida a ese columpio...vistiendo mi alma de aquellos sueños.
    Un abrazo :)

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  2. Ojalá de una máquina que con un balanceo nos llevase a ser niños de nuevo. Bueno, en realidad existe, se llama mente y la palanca con la que funciona es la roja, donde pone imaginación... ¡OJO! No funcionaría sin apretar el botón verde recuerdo. ¡Buen viaje!

    Gracias por la reminiscencia, tan bonita como siempre...

    P.D: Siento mi demora en comentar.

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