viernes, 1 de febrero de 2013

Del pasado


             Querido Leo:

                Viajar en el tiempo no es difícil si sabes que puerta abrir. La del futuro no tengo ni idea donde está; la del presente es cualquiera que atravieses y solo lo que tardes en hacerlo; la del pasado está en la barbería de la calle del mercado.

                Me pesaba la cabeza. Como una piedra sobre los hombros después de ver el noticiero en la televisión. Necesitaba aligerar, un corte de pelo serviría para soltar lastre. Las tijeras me parecieron poco dramáticas, la situación requería lo trágico de un afeitado a maquinilla.

                La fachada gris, desconchada, con un cartel descolorido en que se leía ‘Barbería’ y un cilindro bicolor anclado a la pared era el escenario perfecto para mi sacrificio liberador. Traspasé la puerta, su chirrido hizo dar un brinco al hombre grueso que dormía en uno de los sillones destinados a la clientela. No tuve dudas de que aquello era un viaje en el tiempo. Las baldosas pequeñas, pulidas por el uso de mil años. El mobiliario de hierro consumido a medias. Los aparatos con remiendos de abuela, como el secador que dormía en la repisa del espejo, sujetas sus dos partes por un cordel rudo de esparto.

                El hombre al que había despertado era el mismísimo pasado. Me miró por encima de las gafas de pasta negras, tiró del pantalón oscuro hasta alojarlo bajo las tetillas que se marcaban en la camisa y preguntó:

- ¿Qué desea?
- Que me afeite la cabeza. Me pesa.
- Las señoritas no hacen esas cosas y yo solo atiendo a caballeros.
- No soy una señorita y a veces sueño con asaltar castillos y vencer dragones, mucho más de lo que podrían decir algunos de sus caballeros.

                Se rascó el culo, pensativo.

- Serán cinco euros, siéntese.

                El pasado es un hombre gordo porque no tiene prisa; educado en el lenguaje verbal y un tanto vulgar en el lenguaje corporal. Sé que te parecerá increíble pero no tiene conversación, procuré, ante una personalidad de ese calibre, obtener información que saciara mi curiosidad, sin embargo apenas arranqué unos monosílabos y un par de carraspeos. A falta de palabras, la banda sonora de mi escabechina capilar la puso un transistor polvoriento cuya programación parecía salida de esa película de Woody Allen que tanto nos gusta.

                Con el pelo al uno se me hizo soportable llevar la cabeza encima. Sonreí ante el resultado que reflejaba el cristal; el hombre a mi espalda gesticuló una mueca de asco, de haber sido él un espejo mágico me hubiera obligado a recolectar manzanas envenenadas, a millones, para deshacerme de tanta guapa por encima de mí. Pagué, me despedí y aspiré el olor de un ayer casi olvidado.

                Pásate un día. Ya sabes, en la calle del mercado, tras la cristalera, sobre un asiento de barbería duerme el pasado vestido de hombre grueso, abriendo la puerta lo despiertas y por cinco euros viajas en el tiempo.

                Besos esquimales

2 comentarios:

  1. ¡Me encantan los cortes de pelo sin estereotipos! Quedan de maravilla en una cabeza libre...

    ¡Genial, de genia de la lámpara!

    ResponderEliminar
  2. Me ha gustado mucho este relato...un viaje al tiempo pasando por la barbería...ingenioso y divertido.
    Un abrazo desde "mi barco de papel" :)

    ResponderEliminar