viernes, 22 de marzo de 2013

De cómo se encontró a sí misma al perderse entre la gente


               Querido Leo:

                La próxima vez quedamos en mi casa. No vuelvas a citarme en una multitud: “…tres pasos a la izquierda del señor con gorra a cuadros, cinco palmos de frente a la chica del ombligo al aire, sobre la carita sonriente dibujada con tiza en un adoquín…”. Me gustan los juegos pero ese mapa del tesoro que propusiste necesita de orientación y yo nací sin ese sentido.

                No dí contigo, ni tú conmigo, pero entre tanto lío una señora dio consigo. Tropecé con ella cuando yo miraba el suelo buscando la sonrisa entre un sinnúmero de pies moviéndose a distintas velocidades y ella miraba al cielo con un ángulo imposible de cuello.

- ¡Ay, disculpe!
- ¡Uy, perdón!

                La bolsa que llevaba en la mano se le cayó dejando rodar dos manzanas, no pudimos recuperarlas, entre el gentío se perdieron como pelotas buscando marcar en portería.

- ¿Busca algo?
- Una cara risueña pintada en el suelo y un hombre que me invite a café. ¿Y usted busca algo?
- Busco a alguien. Una mujer que me prometió hacer novillos e ir a la playa, dijo que a quién le iba importar si hoy no hacía la cama. Entré a hacer la compra en el ultramarinos de la plaza y cuando salí se había esfumado. Miré por todos lados y al alzar la vista al cielo descubrí esa línea, ¿la ve?
- Sí, parece que termina en este punto.
- Pensé que ella la habría seguido y aquí estoy, intentando dar con esa mujer en este mogollón.
- ¿Y cómo es? Quizá yo pueda ayudarla.
- Bajita, flaca, pelo corto moreno y rizado. De unos cuarenta años. Manos huesudas, uñas mordidas. Lleva un vestido verde militar, zuecos naranjas y una bolsa roja vacía.

                La miré. Era su día de suerte.

- Va a ser que no tendrá que buscar más. ¡Ya he dado con ella!
- ¿Qué me dice? ¿Dónde, dónde está?
- ¡Échese un vistazo! Usted misma es la viva imagen de esa descripción que me ha dado. Salvo la bolsa vacía… que está llena aunque le falten dos manzanas.

                Posó la compra y se palpó de pies a cabeza con emoción.

- ¡Maldita sea, si ella soy yo! Marcho deprisa hacia la playa antes de que se me despiste otra vez esta mujer. Acepte ésto en agradecimiento. ¡Y suerte con su sonrisa!

                Las últimas palabras se abrieron paso entre las cabezas de la gente, la señora corría ya lejana. A mis pies había dejado el contenido de la bolsa, un montículo de comida que recogí con la chaqueta haciéndola pasar por saco.

                De ti, Leo, ni rastro. Me tomé el café sola. Ese juego no lo repetimos, ve inventando otro.

                Besos esquimales

1 comentario:

  1. Bonita historia la que trae esta misiva...

    ¿No lo notas? Los viernes traen otra cara cuando el cartero llega en su moto amarilla y deja algo en el buzón...

    ¡Qué bueno es encontrarse a uno mismo! ...Y yo me encuentro con cada carta...

    ¡Bienvenida querida imaginación!

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