domingo, 28 de septiembre de 2014

De lunas llenas y lobos hombre

                Querido Leo:

                De noche todos los gatos son pardos, excepto si la luna está llena. Gusto de sentarme en un banco del parque, romper a pedradas el cristal de las farolas circundantes y contemplar el mundo iluminado desde el cielo.

                El pasado plenilunio había un hombre sentado en el lugar que suelo hacerlo yo. En el banco cabíamos los dos sin necesidad de parecer amigos, así que ocupé la esquina izquierda del asiento. El silencio acompañado del cielo limpio de nubes y el olor a flores de los parterres,  suponían un cóctel delicioso hasta que… «¡¡¡AAAAUUUUUUUUUUUUU!!!»
                Di un brinco sobresaltada y volví la cabeza hacia mi vecino aullador.

- Discúlpeme. Es un tic de nacimiento.- dijo mostrándome, con gesto conciliador, las palmas de las manos donde sobresalían unas uñas largas y picudas. Bajo la barba tupida me pareció vislumbrar media sonrisa.
- Me asustó… Curioso tic el suyo.
- Es habitual en los lobos-hombre. Cuando la luna llena nos transforma en humanos solemos aullar descontrolados de vez en cuando.
- ¡Vaya! ¡Un lobo-hombre! Nunca conocí uno, creo… Encantada.- Le ofrecí la mano y me la estrechó con suavidad. Un escalofrío agradable me recorrió la espalda.

- No somos muchos y, como lobos, vivimos salvajes en el monte, es poco el tiempo como humanos y pasamos desapercibidos.
- En la naturaleza estarán entretenidos, pero como hombres ¿a qué se dedican? No hay mucho que hacer por la noche.
- Acostumbrados a la irracionalidad del día a día, la mayoría solemos aprovechar la transformación para dar rienda suelta a la racionalidad. Pensamos, debatimos, creamos teorías, inventos… Otros, los menos, se dan a la bebida y sacan partido de los bares. Y todos, sin excepción, nos ocupamos de los sepelios de nuestros muertos.
- ¿Los entierran?
- Las funerarias abren veinticuatro horas, así que conscientes de nosotros mismos es cuando acudimos a ellas sabiendo de quienes quisimos. Antiguamente encargábamos en el plenilunio enterramientos tradicionales de pala, tierra y lápida. Ahora contratamos incineraciones y hacemos con las cenizas lo que el difunto estipuló en vida humana, que como lobos lo mismo nos da qué sea de nuestros restos. «¡¡¡AAAAUUUUUUUUUUUUU!!!».

                Me miró con los ojos entornados, cómplice.

- Quizá usted pueda ayudarme…
- Cuénteme.- le respondí, curiosa.

                Sacó de una bolsa sujeta entre los pies tres cajas cilíndricas: una granate, otra azul y la última verde. Las colocó en fila en el vacío del banco entre los dos.

-¿Y ésto?
- Las cenizas de Emi, Eli y Epi.- contestó a la par que acariciaba con ternura las cajas.
- Vaya…
- Emi y Epi habían dejado por escrito la voluntad de sumar sus cenizas para ser enterrados juntos. Cuando el primero falleció, Epi guardo la urna. La siguiente luna llena, hubo de incinerar a Eli, fallecido en una disputa territorial de lobos-hombre. El problema está en que Epi, antes de lanzar al río las cenizas de Eli siguiendo su mandato final, murió de forma inesperada a causa de una caída tonta. Ahora yo tengo las tres urnas, sé que Epi es la azul, pero las otras estaban de su mano y no tienen identificación. ¿Quién es Emi? ¿Quién es Eli? ¿Cuál va al enterramiento conjunto? ¿Cuál al río?

                Lo que me planteaba el lobo-hombre tenía difícil solución. Era imposible saber quién era quién. Lo mejor, y así se lo expuse, era optar por una medida no del todo fiel a las últimas voluntades de los muertos, pero que tampoco las contradecía.

- Podría arrojar  el contenido de las tres urnas al río. Eli quedaría en paz ya que era su deseo. Emi y Epi terminarían juntos en el mar, no enterrados bajo tierra pero sí bajo el agua, al fin y al cabo no especificaron la sustancia que debía cubrirlos, ¿no?
- ¡Cáspita! ¡¡¡AAAAUUUUUUUUUUUUU!!! Me encanta la idea. Gracias, gracias y gracias. No olvidaré su olor, en caso de tropezarnos en el monte siendo yo lobo no se preocupe, no la atacaré, será mi forma de saldar la deuda que tengo con usted.

                Me dio un olisqueo y se despidió con una reverencia. Lo observé caminar cargando con la bolsa llena de cenizas hasta que  la oscuridad engulló su silueta espigada. Después, volví a la contemplación del mundo pasado por el filtro de la luz de luna llena y al silencio de mis pensamientos.

                Besos esquimales


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